Alejandra Parra Peña: cuando la ciencia sale del laboratorio

La ciencia no ocurre en el vacío. Tampoco se construye solo entre tubos de ensayo, estadísticas y artículos indexados. Para Alejandra Parra Peña, la ciencia es una práctica profundamente humana: hecha por personas, atravesada por contextos y con responsabilidades sociales que no se pueden eludir.

“La ciencia la hacen personas, con historias, con contextos y con responsabilidades sociales.

No es algo neutral ni ajeno a la realidad.”

Bioquímica de formación y PhD en Ciencias Biomédicas, Alejandra ha dedicado su carrera a la investigación en neurociencias, con foco en enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Parkinson. Hoy trabaja como investigadora postdoctoral en Canadá, en el área de ciencias neurológicas clínicas. Pero su historia no comienza ahí ni se explica solo desde los cargos que ocupa.

Crecer en el sur, formarse con territorio

Alejandra estudió bioquímica en Valdivia, en la Universidad Austral de Chile. Ese primer anclaje territorial no es menor. Desde el sur comenzó a interesarse por los procesos celulares y moleculares que sostienen la vida y, progresivamente, por el funcionamiento del sistema nervioso.

“Durante la carrera fui interesándome cada vez más por cómo los procesos celulares y moleculares, invisibles a simple vista

pero qué ocurren al interior de nuestro cuerpo,

se relacionan con la conducta y la enfermedad.”

Ese interés la llevó a orientar su formación hacia la neurociencia y, más tarde, a trasladarse a Santiago para realizar su doctorado en la Universidad de Chile. Allí vivió una etapa de trabajo intenso y especialización, investigando los efectos motores y neuroanatómicos de la estimulación medular epidural en un modelo preclínico de Parkinson, participando en colaboraciones nacionales e internacionales y comenzando a consolidar una trayectoria científica sólida.

Investigar para mejorar la vida

Hoy, su trabajo se centra en evaluar estrategias terapéuticas para mejorar los síntomas motores de personas que viven con Parkinson, combinando modelos preclínicos y análisis de datos clínicos en el centro de desórdenes del movimiento, ubicado en el hospital universitario en Londres, Ontario.

“Mi investigación se enfoca en estudiar estrategias terapéuticas que puedan mejorar la función motora.

La idea es aportar evidencia que, eventualmente, pueda traducirse en mejores tratamientos y una mejora en la calidad de vida

de quienes padecen esta enfermedad, pero también

de aquellos que los cuidan.”

Incluso en este trabajo altamente especializado, aparece una preocupación transversal: el sentido social del conocimiento científico.

Cuando la ciencia sale del laboratorio

En paralelo a su carrera académica, Alejandra ha desarrollado un trabajo sostenido en educación y divulgación científica. No como un hobby, sino como una convicción profunda.

“Muchas veces el conocimiento se produce con recursos públicos,

pero no siempre vuelve a la sociedad de una manera comprensible o útil.”

Esta mirada la llevó a fundar, en colaboración con colegas y amigas científicas, la Fundación Ciencia Impacta. Organización que la ha llevado a trabajar con niñas, adolescentes, docentes y comunidades, abordando temas como salud mental,  inclusión, diversidad,  género, participación de mujeres en STEM, entre otros,  con base en la evidencia científica. 

      “Conectar la ciencia con la sociedad” siempre me ha apasionado. Estoy convencida de que, a través del conocimiento, podemos contribuir a la construcción de sociedades más justas y sostenibles.

Dentro de su rol en la organización y en su carrera como investigadora, Alejandra reconoce que a pesar de los avances en la inclusión de mujeres en ciencia, aún existen.  espacios en donde las  brechas son persistentes. . Por esto mismo ha colaborado e impulsado diversas iniciativas que abordan estas brechas, siendo de su particular interés la promoción de una educación sin sesgos de género.

“Si bien entre los jóvenes hay mucha más curiosidad por las carreras científicas, lamentablemente,  desde la infancia también hay estereotipos que sesgan, afectan y, muchas veces, desincentivan, especialmente a las mujeres, a seguir una carrera en ciencias.” 

Migrar, idioma y reconstrucción

El proceso migratorio de Alejandra no comenzó en Canadá. Se inició en 2014, cuando, recién titulada, debió dejar Valdivia para trasladarse a Santiago debido a la escasez de oportunidades laborales. Ese primer desplazamiento marcó una trayectoria atravesada por decisiones compartidas y redes de apoyo.

“El apoyo familiar fue crucial, tanto en lo emocional como en lo logístico y económico.”

La llegada a Canadá en 2021, en plena pandemia, implicó no solo distancia física, sino también una reconstrucción identitaria profunda, atravesada por el idioma.

“En mi mente, con un poco de humor a lo Sofía Vergara, pensaba:

Si tan solo supieran lo inteligente que sueno en español’.”

Esta reconstrucción fue marcada también por la creación de nuevos lazos y la necesidad de contar con espacios para reencontrarse con la identidad cultural. Desde ahí, junto con un grupo de mujeres chilenas, surge la Asociación de Chilenas en London, Ontario, una organización orientada a visibilizar la cultura chilena en Canadá y a promover iniciativas que fortalezcan la colaboración entre personas migrantes chilenas y diversas comunidades del país.

Transformarse en el camino

Después de cinco años en Canadá, Alejandra se reconoce como una persona distinta. La experiencia migratoria transformó su manera de habitar el tiempo, el éxito y el deseo.

“Vivo de una forma más serena, menos apegada a lo material —pues nunca se sabe cuándo tocará armar la maleta de nuevo—;

valoro más el presente y postergo menos mis anhelos, porque el tiempo avanza muy rápido.”

Esa transformación también redefinió su noción de éxito:

“Hoy, aunque el tiempo sigue siendo valioso, con Rodrigo (mi esposo) hemos aprendido gracias a la vida canadiense

que el éxito va más allá del ámbito laboral.

Se nutre de la calidad de vida, de espacios para la amistad, la familia, 

el deporte,

las caminatas por el parque, la introspección.”

Arraigo, decisiones y continuidad

Lo que comenzó como un proyecto temporal fue tomando otra forma.

“De esta manera, un contrato de tres años se extendió a cinco,

y un permiso de trabajo temporal se convirtió en una residencia permanente,

un cambio sabiamente incentivado por nuestros amigos chilenos de aquí.”

Aunque el deseo de volver a Chile sigue presente, la migración se vive como un proceso abierto, donde las decisiones se toman evaluando el bienestar emocional y la estabilidad laboral.

Humanizar el conocimiento

Al final, su mensaje vuelve siempre al mismo punto: la necesidad de acercar la ciencia a las personas.

“Creo que es importante humanizar la ciencia

y reconocer su potencial para generar cambios positivos

cuando se conecta con las comunidades.”

En Memoria Migrante, la historia de Alejandra Parra Peña se construye así: como la de una científica que investiga con rigor, comunica con convicción y no separa el conocimiento de la vida. Una trayectoria donde la voz propia no se pierde entre datos, sino que los atraviesa y les da sentido.

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